Biografía
Cuando me preguntan por la casa en que crecí pienso en la tienda de novias de mi abuela. No era mi casa pero de ahí me nació la memoria. Pienso en un pasillo en claroscuro, luz al fondo, luz muy verde como el árbol de nísperos del patio. Aún no comenzaba a caminar. El hijo de Olguita, una empleada de mi abuela, jugaba a empujarme el andador por el pasillo. Ese es el primer recuerdo que conservo.
La tienda había sido una florería. A mi abuela le gustaba hacer flores de papel. Luego de enceradas servían para adornar las coronas de muerto que vendía en los pueblos vecinos cuando se acercaba el dos de noviembre. La tienda estaba en el primer piso de su casa en el centro de la ciudad: dicen que cuando excavaban para plantar los cimientos encontraron monedas de plata y huesos de caballo que venían desde tiempos anteriores a la revolución. Hablaban también de un túnel que conectaba la casa vecina con el Obispado y por donde los bandoleros solían escapar.
En Novias Adelita se escuchaban muchos ruidos. No me daban miedo porque no los entendía. Iban desde gritos hasta golpes en la puerta. A veces, después de las siete, cuando las costureras y las floristas se habían ido, se escuchaba a alguien corriendo en círculos sobre la azotea (un tap tap de pies desnudos que se alejaba y volvía). Polvo era el dios de los rincones y humedad la marca del destiempo en las paredes. A mí me gustaba oler todas las cosas.
En el primer piso gobernaban los textiles. Seda cruda, raso, gasa, encajes, tul y algodón. Antes de cumplir cinco años aprendí a forrar botones y a enlistonar alambres para armar ramos de flores. Me entretenía, hija de una madre que trabaja, ensartando perlas de plástico en la aguja, haciendo pulseritas y collares; recogiendo sobras de la tela bajo la mesa de corte para vestir a las muñecas con las que nunca jugaba. Uno de mis pasatiempos era ver cómo preparaban la tintura para zapatos y vestidos mezclando agua, alcohol y colorante vegetal. Mamá era un alquimista con las manos de arco iris.
A los seis años aprendí a coser en una máquina industrial, pero mi cosa favorita era la sobrehiladora. Ese monstruo magnífico y azul, esa ingeniería que cosía y que cortaba al mismo tiempo resultaba casi milagrosa. Debía sentarme en el borde de la silla para que mis pies alcanzaran el pedal y generalmente, desde que era más un asunto de estatura que de habilidades, la máquina terminaba por acelerarse hasta dejar de coser. Esto fastidiaba a las costureras. Que era mucho trabajo volverla a enhebrar, decían al quejarse con mi abuela las chismosas.
Cuando hube aprendido lo que se me estaba permitido aprender, la abuela y mamá decidieron que era tiempo de formarme en lo cristiano. Era eso y no que ‘pusiera mucho gorro’ los sábados en la tarde lo que le dio la idea de enviarme al catecismo. El templo de San José estaba en la misma calle y ella conocía a las mujeres que vendían medallitas y misarios. Adelita, la de la florería, era una celebridad en el mundillo de las mujeres virtuosas.
Muchos aprenden sonetos de memoria y crecen pensando que el metro y la rima hacen poesía. Yo memoricé todos los rezos. Mi favorito era el Credo: Creo en un solo dios, padre todopoderoso, creador del cielo y la tierra, de todo lo visible y lo invisible y creo en un solo señor Jesucristo, hijo único de dios, nacido del padre, antes de todos los siglos y dios de dios, luz de luz, dios verdadero de dios verdadero, etcétera. Éste, aunado a las lecciones de piano con la misma viejita que instruyera a mamá, si bien no me hizo la mejor cristiana me formó en algo que ahora tengo por igualmente importante: así conocí la musicalidad en la poesía; todos los recursos, las figuras, cosas a las que la universidad vino a poner nombre después ya eran mías, asimiladas desde siempre en mi primera formación.
Fue en este período que comencé a escribir. A unos metros de la tienda de mi abuela estaba la Universidad Regiomontana y había muchas tiendas con artículos para estudiantes. Cierto día acompañé a mamá a comprar alguna cosa. En la vitrina a la altura de mis ojos estaba un diario pequeñísimo de cubierta plástica acolchada, con unos lapicitos impresos en rojo y azul y que decía MEMO. Lo quise pero no me atreví a pedirlo. Luego de ese día iba casi a diario a la tienda con cualquier excusa para pegar mi rostro al mostrador y ver el hermoso objeto tras los cristales.
Cuando en el catecismo me pidieron una libreta, me emocioné. Llevé a mamá a la tienda de la vitrina y lo compró para mí. El problema ya no era tener el diario sino utilizarlo, porque apenas si sabía escribir mi propio nombre. Un sábado en la tarde tuve un examen en el templo. Que escribiera –y en orden- los diez mandamientos de la ley del dios. Nunca me preocupé por memorizar las cosas que no me gustaban y aún el día anterior el examen el suceso parecía muy lejano. Obviamente reprobé. De regreso en la tienda de novias, a la hora de la merienda para las empleadas (las cinco de la tarde) todavía sin recuperarme de la que fue para mí una experiencia bastante traumática me senté en el piso sucio y escribí algo así:
"cierto día, cierto mes, 1992
q. d. (abreviación un ‘querido diario’ que no me atreví a escribir
por parecerme demasiado embarazoso):
Hoy me fue mal. En el catecismo me pusieron un examen sobre los diez
mandamientos ¡y yo no me los sabía! (con exclamativos y todo)"
Las madres curiosas son la pesadilla de los hijos reservados. Mamá era de esas. Metiche, curiosa, del tipo de madre a quien si le preguntaran ¿cómo está tu hija? contestaría sin titubear “bien desarrollada” divulgando una pubertad prematura a la que una, a los nueve o diez años, odiaría con toda la carga hormonal de la menarca. Y como era de esas, profanó la intimidad de un primer diario apenas después de su primera entrada. Cortó la hoja, la puso en una mica de hule y la mostró a todo incauto que se diera el tiempo de escuchar sus tonterías. La gente se reía de lo que consideraba un disparate infantil, eso de reprobar el examen y escribirlo en un diario, ¡qué chistoso! decían pero yo me arrinconaba en mi vergüenza. Comencé a desconfiar de los papeles. Abandoné mi proyecto de diario y durante muchos años me abstuve de escribir alguna cosa personal por miedo a ser exhibida, otra vez, por el orgullo del monstruo materno.
Mucho antes de volverme adolescente fue que aprendí a esconder cosas, a hacerme de mentiras y de máscaras para ganar privacidad. Ocultaba cartas o esbozos de poemas dedicados mi amor de la infancia en la cabeza descosida de Jessica, mi coneja de peluche. Y esto en toda su aparente perversión, era lo único que calmaba mi miedo al ridículo.
A los doce años comencé a escribir de nuevo y por supuesto, mi madre hizo lo propio (es inútil ir contra natura) un tiempo después, a través de medios muy distintos.
En el México de 2000 la internet creaba noviazgos lo mismo que disolvía matrimonios, las computadoras comenzaban a volverse un objeto de primera necesidad en todas las casas sin importar solvencia económica o estratos sociales. Mamá siempre supo que escribía (a veces dejaba papeles por todas partes para evitar que hurgara en mis libretas) y se contentaba con leer lo que yo dejaba a la vista hasta que un día me lanzó un chantaje irresistible: “te compro una impresora con la condición de que transcribas todos tus papelitos, los imprimas y los archives, para que los leas cuando seas mayor y te dé gusto”, me dijo y acepté, no porque me emocionara transcribir tanta porquería sino porque tener una impresora en casa por ese entonces se consideraba un lujo.
Del dicho al hecho no pasaron tantos días y una noche le entregué a mamá una carpeta gruesa, llena de textos mochos después de pasar por la guillotina de la autocensura en el proceso de edición.
Un par de semanas después me encontré con que había fotocopiado la carpeta y la había distribuido entre familiares y amigos. “Para que vean qué bonito escribe mi’ja”, les había dicho dándoles mi intimidad hecha pedazos. Tuvimos una discusión monumental. Nos gritamos –nunca vas a dejarme en paz, siempre te ha encantado ponerme en ridículo, eres una pinche huerca sangrona, ni que fuera el fin del mundo, no agradeces que soy tu fan, que yo te descubrí- y hasta dejamos de hablarnos por un tiempo.
Un día después de la escuela, mientras comíamos en silencio, recibí la llamada de una señora que no conocía. Me dijo que era vecina de una hermana de mi papá y que mi tía le había prestado la carpeta que mi mamá le regaló; que ella a su vez se la había mostrado a un señor para quien trabajaba y que el señor no creía que semejantes cosas (que eran realmente pura cursilería adolescente, pero que me resultaban horribles, perversas, porque aún no podría desprenderme de mi formación religiosa) hubiesen sido escritas por una niña de trece años. Me preguntó que si me gustaría publicar la carpeta como un libro y yo, que siempre guardé en secreto la ambición de publicar alguna vez, respondí afirmativamente de inmediato, sin pensar en consecuencias negativas. La vecina de mi tía se llamaba Mayra Covarrubias y el señor para quien trabajaba era Reyes Tamez Guerra, el entonces rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
En mi primera entrevista en la Biblioteca Magna de la Universidad conocí a Humberto Salazar Herrera, entonces Secretario de Extensión y Cultura. Me hizo muchísimas preguntas y por el tono que usaba me di cuenta de que mis textitos le parecían un fenómeno sociocultural extraño, casi una ocurrencia el hecho de que una niña en la edad en que las niñas sólo tienen en la cabeza qué vestido usar en las fiestas de quince años, se anduviese queriendo colgar el título de autora. La verdad me asustaba el nominativo, me parecía un zapato increíblemente grande y casi un título nobiliario pero siempre había querido escribir, aunque lo único que escribiera en ese tiempo me hiciera más una escritorcilla de rancho cuyas libretas ha llenado de pensamientos y cartas de amor (sin ofender a nadie) que lo que se dice “una creadora literaria”.
Humberto Salazar me asignó una asesora para trabajar los textos de la carpeta, una estudiante de Letras Españolas de la Facultad de Filosofía que también estaba preparando la edición de su primer libro. Se llamaba Mariana Pérez-Duarte y lo que más recuerdo de ella es que le gustaba la música colombiana. Me presentó a Blas de Otero, a Horacio Quiroga y su decálogo. Trabajamos alrededor de seis meses en un cuartito de la Casa de la Cultura al final de los cuales peleábamos casi en cada sesión. Debió ser un infierno trabajar conmigo. Después de todo no era más que una adolescente con buena suerte, muchas ínfulas y poca paciencia a la hora de discutir puntos que en toda mi ceguera, parecían clarísimos. Pérez-Duarte se esforzaba sobre todo en hacerme entender la diferencia entre texto literario y nota catártica pero cuando uno empieza tiene a la experiencia literaria por una muy natural, casi espontánea, en donde la intención es semejante a una flor de plástico en medio de un bouqué (con los años aprendí que el bouqué se pudre irremediablemente mientras el plástico fino crece en permanencia). Peleábamos porque sus comentarios me iban formando una crisis de conceptos, una confusión sobre la naturaleza del oficio, un conflicto casi espiritual en el que no cabían reconciliaciones inmediatas.
Al finalizar las correcciones de Cuervos en mi ventana (ahora sé que uno jamás termina de corregirse) me dijo mientras cerraba su libreta con apuntes: “tienes talento, chica, pero esto no es nada más cosa de tener talento” y se levantó de la mesa y se fue, dejándome como una madre adolescente, sentada en una banca afuera de la antigua estación del ferrocarril, con un niño hambriento en los brazos. Esa tarde llovió y lloré mucho porque no sabía qué hacer, con quién hablar o a dónde ir. Tal vez haya sido la primera vez que me sentí (literariamente hablando) completa, oscura e irremediablemente sola.
Con la presentación del libro en el Museo de Historia Mexicana se me olvidó la tristeza y me di a todo tipo de sensaciones dulcísimas. Supe cómo se siente que le hinchen el ego a uno, firmar libros, posar en fotos, ser el centro de atención y me regocijaba, aunque un par de semanas después me vino de regreso la tristeza potenciada y no toqué una pluma en varios meses.
Comencé a conocer a algunos miembros del gremio de literatura del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León (Conarte) y me gustaba la idea de convivir con otros autores, aunque no fueran tan jóvenes, para poder aprender, porque esperaba que el intercambio contribuyera a resolver mis conflictos personales sobre la profesión. Primero conocí a Armando Alanís a través de un comentario que escribió en su columna Acoso textual sobre mi libro. Luego conocí a Gerson Gómez y a José Juan Zárate, quien coordinaba una pequeña revista cultural llamada La nuez donde se publicó uno de mis poemas (Puntos Cardinales, no Apología…) y entonces también a Iván Trejo, quien había publicado un texto en el mismo número que yo.
Inspirada por las nuevas amistades y por el descubrimiento de una escena cultural activa comencé a asistir a lecturas, presentaciones y otros eventos, en los que vi mucho y aprendí poco. Siempre era la más joven en las mesas y tenía la atención de algunos grupos pero en lugar de disfrutar las cosas que habrían satisfecho a otras mujeres iban acrecentándose en mí muchísimos sentimientos extraños; era de alguna forma y aunque no quepa la comparación, como si todos quisieran sacarme a bailar y a nadie le importara lo que tuviera que decir. Las lecturas y presentaciones se convertían en borracheras sin sentido en las que no había lugar para mí primero porque no alcanzaba la mayoría de edad, después porque me fastidiaba su conversación: nombres, premios, líos políticos; todo sobre todos sin tocar lo que tenía por trascendente, lo que me preocupaba, lo que quería resolver y que eran precisamente los conflictos que atañen a un autor con respecto a la creación artística. Nadie parecía tener los mismos dilemas, lo que significaba que todos habían alcanzado un grado total de conciencia sobre la profesión y nadie se molestaba en hablar de semejante nimiedad, o nadie había alcanzado nada porque pendientes de su vida intelecto-social, esas cosas les pasaban totalmente desapercibidas.
Fuera uno u otro caso, seguir alrededor no estaba ayudándome a contestar preguntas, sino que venía a plantearme unas nuevas (sobre la relevancia de la actividad social con respecto al trabajo literario, sobre la cuestión política a la hora del fallo de los premios, la importancia de las relaciones amistosas a la hora de publicar, etcétera), así que simplemente dejé de asistir a sus fiestas culturales guiada también por cierto sentimiento de culpa: en medio de las discusiones no podía evitar preguntarme si tal vez estaría aprendiendo más encerrada en casa, enfrentándome directamente al texto, en lugar de perder el tiempo inmiscuida en conversaciones sobre personas o libros ganadores de tal o cual premio que no venían a decirme la gran cosa.
Resuelta de este modo una cuestión se inició otra. Había entendido que buscar respuestas a dilemas personales-profesionales en lo social no es muy inteligente. Si no era en las tertulias era en casa, con el texto mismo enfrente, porque sólo ahí es que uno adquiere el derecho a sentirse escritor. El problema entonces era que aunque había aprendido nociones básicas sobre lo que es y lo que no es literatura cuando trabajé con Pérez-Duarte, no tenía muy claro cómo llegar a eso. Gasté varios cuadernos experimentando, primero con temas distintos, personas gramaticales distintas, tonos, intenciones y así durante uno o dos años hasta que estuve medianamente satisfecha con algunos poemas. Noté que me hacían falta otros ojos para desmentir o confirmar que fueran claros, entendibles para cualquier lector y no “codificados de tal manera para que sólo pudieran ser entendidos por un selecto grupo”.
Llevaba mis cuadernos a la escuela, los enseñaba a maestros y a compañeros y recibía muchos “está bonito” que si bien eran sinceros, eran también poco útiles porque no me decían exactamente qué estaba bien o qué podría hacer para mejorarlos. Una de las pocas personas relacionadas con el oficio con quien mantenía comunicación era otro joven autor . Opté por mostrarle mis nuevos textos y nos reunimos algunas veces en distintos cafés para trabajar. Nunca he pensado que él, a quien llamaré "T", es lo que se dice un gran artista, ni siquiera un buen poeta pero ha leído y supo darme orientación sobre cuestiones técnicas, quitar o poner esto y aquello, cuidar las redundancias, las rimas internas, así. Le profesaba cierto respeto porque fue mi primer compañero autor-lector, porque nos reuníamos a trabajar en serio y como yo, parecía disfrutarlo. Hubiese podido ser el principio de una amistad muy linda de no ser porque una noche después de reunirnos para trabajar, mientras me acompañaba a mi auto, intentó un acercamiento menos profesional. Dejamos de reunirnos y luego de un tiempo supe de otra chica a la que se había acercado ofreciéndole tutelaje, exhibiendo también una doble intención después. Esto me habló de un problema que jamás me habría planteado de no haber tenido esta experiencia: el de saber cómo distinguir a quienes explotan su título de artistas o se valen de la admiración que les profesan otros como medio para conseguir lo que no podrían conseguir sin éstos. Digo, no es que esté mal tratar de compensar, por ejemplo, una personalidad insípida con muchos premios como estrellitas en la frente; es que el asunto se complica con los años, cuando los involucrados se convierten en burócratas culturales. Una mujer medianamente atractiva interesada en el quehacer literario no lograría mucho por su propia cuenta si alguno de estos zánganos tomara a mal sus negativas o simplemente la volverían objeto de calumnias si conocedora de esta tradición, la desdeñara y ejerciera una sexualidad libre.
En 2003 entré a la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. (...)

